Todo pasó muy rápido.

Eran las 10 y no había parado de llover durante toda la tarde.

Tenía que irse, no podía alargarlo más... cogió el paraguas, las llaves del coche, y nada más.

Antes de salir por la puerta miró el reloj otra vez, no podía creer que hubiera llegado la hora, pero sabía que no valía de nada aplazar lo que ya era inevitable, lo haría, se había jurado a si misma durante todo el día que lo haría...

Había aparcado el coche dos calles más allá, y cuando fue a abrir el paraguas se preguntó... para qué?. Decidió tirarlo en una papelera, y comenzó a gritar. No había nadie en la calle, estaba lloviendo a cántaros, era de noche, y sólo le apeteció una cosa, gritar, gritar hasta que se quedó sin aire. Sin darse cuenta, ese grito empezó a confundirse con el llanto y decidió que era el momento de meterse en el coche.

Condujo rápido, sin fijarse en nada de lo que sucedía a su alrededor, hasta que por fín llegó al acantilado que le iba a ver morir.

Aparcó el coche, comenzó a caminar, y cuando llegó al borde se sentó en una roca. La imagen que tenía ante sus ojos era impresionante, se sentía pequeña viendo las olas romper, la lluvia que cada vez caía con más fuerza, el viento agitándole el pelo...

Estaba totalmente empapada, dió un paso al frente, y luego otro, y otro...

Mientras caía, le dio tiempo a pensar que donde quiera que fuera, se dedicaría a plantar girasoles... entonces sonrío, y todo pasó tan rápido, que tal vez aquello había sido sólo un sueño.